jueves, 29 de julio de 2010

Notas al pie de Gaza

Joe Sacco
Reservoir Books.
Barcelona, 2010.
418 páginas. 22,90 €

GAZA, 1956

Yo no era el fan nº 1 de Sacco. Saludado como gran talento emergente, sus obras anteriores, cosas como Gorazde o Palestina, han sido consideradas nuevas cumbres del tebeo alternativo. Como casi siempre en estos casos, los elogios arropaban trabajos irregulares, con más sombras que luces. Temáticamente, este reportero-dibujante tenía el mérito de acercarse a zonas calientes y transmitirnos sus impresiones de primera mano. Pero su narrativa no alcanzaba a comunicar con intensidad los duros sucesos que abordaba. Como escribí en su momento, al leerlo se echaba de menos la inmediatez de la televisión. Ralentizaba innecesariamente lo que podrían haber sido interesantes audiovisuales. Luego estaba el enfoque que daba a sus historias. Como sus comentarios sobre el asesinato del jubilado a manos de unos terroristas palestinos, donde se quejaba de cómo había servido para que la televisión cargara contra el pueblo palestino. Como si eso fuera peor que tirar a un viejo en silla de ruedas por la borda de un barco.

Ahora Sacco ha vuelto a Palestina, en concreto a Gaza, para investigar unos sucesos ocurridos en 1956. Y debo decir que su arte ha mejorado mucho. Por un lado su narrativa se ha afinado. En este libro asistimos a la descripción del mismo hecho realizada por diferentes personajes, con constantes saltos en el tiempo. Se pasa de una visión objetiva a otras subjetivas, constantemente y con tremenda habilidad. Además, también ha perfeccionado el dibujo. En general, a pesar de la densidad argumental, el volumen se lee con facilidad y algunos momentos son realmente intensos. Como casi todos los pasajes en la escuela o la secuencia final en que visualiza lo que debieron vivir los protagonistas del relato.

Además, en su primera parte el autor se esfuerza por ofrecernos un punto de vista más equilibrado. Si en Palestina la visión de los judíos corría a cargo de dos pijas, frente a centenares de testimonios de sufridos y heróicos palestinos, aquí arranca con un reparto de voces más equilibrado. Así que ese baile de golpes y contragolpes que se suceden en la franja de Gaza se vive como una progresión tan desgraciada como natural, en la que cuesta diferenciar a buenos y malos, ya que la venganza rige los actos de ambos bandos. Luego se echa en falta una interpretación algo más profunda del papel de Nasser en todo este follón, pero Sacco si acaso peca es por omisión. No puede negarse que la estampa que nos ofrece del presidente egipcio no es precisamente amable.

En su segunda parte, se centra en recrear unas matanzas que según parece tuvieron lugar en algunos pueblos de Gaza en 1956. Digo según parece porque en todo este asunto hay que andarse con pies de plomo, es fácil ser engañado por unos u otros. Recuerden el caso del padre y el hijo falsamente tiroteados por las tropas israelís. Y es precisamente en su voluntad de mantenerse fiel a la verdad donde reside la virtud de este tebeo. Confronta unos testimonios con otros, enuncia las contradicciones y destripa unos sucesos que todos dan por supuestos, muchos desean olvidar y otros tantos negar. No llega a muchas conclusiones. No puede hacerlo, tan sólo ofrece esas visiones parciales, que podemos creer o no.

Es éste un trabajo realmente riguroso y respetable y que me hace contemplar al autor bajo una nueva luz. A partir de ahora, no voy a perderle la pista al señor Sacco.

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jueves, 22 de julio de 2010

AYA DE YOPOUGON - Marguerite Abouet y Clément Oubrerie

AYA de Yopougon de Marguerite Abouet y Clement Oubrerie. Edita Norma Norma Editorial.
Barcelona, 2010.
106 páginas, 18 €.



COSTUMBRISMO AFRICANO



Esta serie llega a su cuarto volumen, manteniendo las virtudes que sin duda le aseguran un público fiel y un éxito moderado pero sostenido. Más allá de su ambientación “exótica”, Aya nos habla de ambiciones, deseos, intrigas, decepciones, alegrías y tristezas universales. 


Los autores alcanzan un delicado equilibrio entre la descripción fiel de ese entorno africano, que podría resultarnos ajeno, y unos personajes que se comportan de manera tremendamente familiar. En este episodio, además, abandonamos África para acompañar a ese peluquero imitador de Michael Jackson, uno de los protagonistas más simpáticos, a París, donde padece la atribulada vida del inmigrante aunque su natural vitalidad le permite sobreponerse a las inclemencias de la fortuna.

No abandonamos al resto de pobladores de la serie, Aya, sus amigas y familiares. Tampoco cambia el dibujo con su frágil línea y su envolvente color. A veces los acabados digitales afectan un poco a la legibilidad, pero es lo peor que puede decirse de un grafismo que cumple con creces su función. Los personajes actúan muy bien, son dibujados siempre con simpatía y la planificación es tan sencilla como efectiva. Los escenarios son precisos sin exceso de detalles y enmarcan perfectamente la acción.

AYA de Yopougon de Marguerite Abouet y Clement Oubrerie. Edita Norma
Respecto al guión, mantiene su tono, a mitad de camino entre la comedia de situación y el culebrón, con protagonistas muy bien definidos y un nutrido elenco de secundarios, que nos permiten acercarnos a la realidad de Costa de Marfil. Uno de los aspectos que más han llamado la atención de esta serie es su “normalidad”. La visión que nos ofrece de África evita los tópicos habituales, de la guerra al hambre pasando por el neocolonialismo o los conflictos tribales. Al contrario, todo suena cercano y casi familiar. Reconocemos esa sociedad donde los hijos ya pertenecen a la ciudad mientras los padres mantienen sus raíces en el campo, con las tensiones que todo eso provoca. O donde algunos intentan prosperar a base de trabajo, estudio y esfuerzo, mientras otros aprovechan las oportunidades que una cultura en transformación les brinda, no todas lícitas por supuesto.

En ese sentido sorprende la integridad de la protagonista, esa Aya que ve como sus amigas pierden el tiempo con amoríos que no las llevan a ninguna parte y que debe enfrentarse a abusos cometidos por los profesores que en teoría deberían de enseñarla y ayudarla a mejorar. El viejo discurso de “pobre, pero honrado”, que por estos lares ya sólo enuncian los más pringados, resuena con fuerza en la saga. Parecida posición adopta Innocent, el peluquero que se larga a París buscando cumplir sus sueños. Por muy mal que le vayan las cosas, no adopta nunca el papel de víctima. Al contrario, increpa al músico callejero que en el metro canta las desdichas africanas. Según dice: “cuando uno quiere cantar tiene que expresar alegrías y cosas hermosas”.

En fin, que Aya no es sólo un buen tebeo, bien contado y dibujado, con personajes interesantes y anécdotas divertidas y siempre entretenidas, también nos permite echar un vistazo a un África que no lloriquea y que sólo desea que la dejen en paz para progresar por su cuenta. Que así sea.
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jueves, 15 de julio de 2010

ADIÓS A VÍCTOR DE LA FUENTE

A principios de este mes fallecía el último miembro de una conocida saga de dibujantes asturianos. Hace ya tiempo que nos dejó Ramón, seguido más tarde por el popular Chiqui. Ahora “Vitorín” se ha reunido con ellos. Víctor de la Fuente era pequeño en tamaño pero grande en talento, uno de los dibujantes realistas más expresivos y poderosos que ha dado este país.


Víctor de la Fuente


















Su carrera profesional fue bastante accidentada. Nacido en Ardisana de Llanes en 1927, emigró a Sudamérica de donde regresó en 1945 para dibujar sus primeras historietas en Madrid. Vuelve a cruzar el charco para probar las más diversas actividades, de la publicidad al boxeo. Finalmente, a finales de los 50 se instala en España, desde donde dibuja tebeos bélicos para Inglaterra que, por cierto, recientemente han sido reeditados. También colabora con Víctor Mora en lo que es su primera serie de éxito, Sunday, un western donde llega a su madurez como dibujante. Puede con todo, ya sean animales, escenarios, mujeres, hombres, niños o cosas. Todo ello servido con un entintado seco y rasposo que aporta una mayor expresividad a su ya potente blanco y negro.

En 1970 crea su propio personaje para la revista Trinca: Haxtur. Una suerte de vagabundo con aspecto de beatnik que transita unos paisajes oníricos enfrentándose a las fuerzas del mal. De nuevo sorprende el grafismo, unido aquí a un color sugerente y una puesta en escena en la que dominan las viñetas alargadas verticalmente y un empleo radical de las elipsis temporales.
Haxtur de Víctor de la Fuente. Edita Glénat.
Pero Haxtur fue sobre todo conocido como un tebeo simbólico cuyas metáforas eran supuestamente ataques al régimen. Esto le provocó no pocos problemas a su autor, que tuvo que exiliarse en Francia. Todavía publicó las correrías de un segundo héroe en Trinca, en este caso el indio post-nuclear Nathai-Dor, una historieta tan sencilla en sus pretensiones como eficaz en su puesta en escena. Despojado de la en ocasiones agobiante carga simbólica de Haxtur, Nathai permanece como un gran relato de aventuras.

En Francia no acabaron los problemas de Víctor. Deseando mantener los derechos sobre su trabajo, se enfrenta a las editoriales y se ve condenado a buscar trabajo en otros lugares. Como Italia, para cuyo mercado dibuja cientos de páginas eróticas. En ese momento su velocidad es ya legendaria. Se habla de docenas de páginas al día, dibujando a lápiz con una mano y entintando con la otra. Él mismo comentaba que tenía una goma similar al torno de un dentista, que le permitía borrar la tinta, ya que en muchos casos apenas esbozaba las viñetas sino que las entintaba directamente.

De su prolongada carrera en Francia conocemos tanto como lo que ignoramos. Por aquí se publicaron algunos de sus álbumes para Los Gringos, su serie con Charlier, Josué de nazaret, su frustrada colaboración con Cothias o Los ángeles de acero, otra de sus aventuras con Mora. También pudimos disfrutar de algunos de sus relatos cortos para Warren o su nuevo personaje, Haggarth, prodigioso en el plano gráfico y bastante fallido en lo argumental. Pero sus contribuciones a la Historia de Francia o a la adaptación de la Biblia, entre tantos otros encargos para el mercado francés, permanecen sin traducir.

Víctor fue siempre un luchador, en lo artístico y en lo laboral, social y personal. Un tipo admirable cuyo talento apenas fue apreciado en su país de origen. Faustino Rodríguez Arbesú le rindió un homenaje en el Salón del Comic del Principado de Asturias, denominando Premios Haxtur a los galardones que otorga esta convención. También dedicó una exposición con un amplio catálogo a los hermanos de la Fuente en 2003. Desde entonces Glénat ha ido reeditando parte del material de Víctor. Sin duda la obra del último de la Fuente permanecera. Descanse en paz.
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jueves, 8 de julio de 2010

Día de Mercado - James Sturm


Astiberri Ediciones.
Bilbao, 2010.
92 páginas. 16 €.

EL MERCADO Y EL ARTE

Los resúmenes que ofrecen pistas al lector en la contraportada de esta novela gráfica pueden resultar engañosos. En ellos se insiste en el aspecto más social, económico, de la obra de Sturm. Un fabricante de alfombras judío va a vender su género al mercado y allí, en lugar de su comprador habitual, se encuentra con un nuevo dueño y precios más bajos que aquellos a los que estaba acostumbrado. Derrotado, acaba malvendiendo su producción a un mayorista. Esto es suficiente para que las reseñas insistan en la maldad de “las impersonales fuerzas del mercado” y otras memeces semejantes.

Supongo que esas pistas sirven para invitar a los creyentes a renovar su fé en las bobadas habituales: el mercado es mu malo, no tiene sentimientos y todo eso. Afortunadamente, el trabajo de Sturm tiene poco que ver con esa descripción. Parte de una anécdota, de la que voluntariamente se olvida la primera parte. Un artesano encuentra a un empresario que valora su trabajo. Eso le lleva a instalarse por su cuenta, ignorando los consejos de quienes le advierten que su suerte puede cambiar. En el presente, el momento en que se inicia la historia, Mendleman, el judío protagonista, se dirige hacia el mercado, como es habitual, pensando en el hijo que espera y en el diseño de futuras alfombras. Luego nada sale como esperaba, pero el volumen es mucho más que una reflexión sobre los cambios de la economía y cómo estos afectan a los pequeños productores. Habla, sobre todo, del sentido de la vida en general y de la actividad artística en particular.

El libro cuenta con varios atractivos. Por una parte el dibujo de Sturm, contenido y delicado, poético sin pretensiones y acompañado de una delicada gama de tonos terrosos y una narrativa tan firme como discreta. Por otra el tono marcadamente judío. Desde las primeras viñetas vemos cómo el protagonista se entrega a las más tristes reflexiones, su hijo va a nacer y él podría morir. Poco después su orgullo de artesano se impone, así como la alegría de llegar al mercado y contemplar a la multitud. Pero, tras comprobar que no podrá vender sus alfombras, todo se transforma, se vuelve feo y deprimente. Asistimos a un terrible drama personal que no puede acabar bien.
Por un lado hay una explicación contextual a esa angustia. La situación de los judíos en la Europa del siglo pasado no era precisamente agradable. Sturm ya había tocado asuntos parecidos en su trabajo anterior, El asombroso swing del Golem, una obra que denunciaba el racismo hacia los judíos en un país tan poco sospechoso como los USA. Fue allí donde realmente pudieron demostrar sus capacidades sin las trabas que encontraban en el viejo continente. Con todo, como nos recuerda el autor, no fue exactamente un camino de rosas. Iba mucho más allá de la mera denuncia, firmando un relato donde destaca ese momento épico en que el Golem pierde el control y la leyenda se vuelve real.
En Un día de Mercado Sturm tiene la inteligencia de emplear una pequeña anécdota para construir una gran historia sobre nuestros deseos y frustraciones, el choque entre nuestros sueños y la realidad. Resulta perfectamente creíble, nos identificamos fácilmente con su protagonista, ese sufrido Mendleman que nos recuerda la diferencia que puede marcar un hombre. Cuando pierde a su benefactor su mundo se desmorona.
Mientras escribo estas líneas, escucho con vergüenza cómo algunas personas, por el mero hecho de ser judías, son perseguidas en las calles de nuestro país e incluso en nuestras universidades. Agradezco que trabajos como los firmados por Sturm nos recuerden un antisemitismo que desgraciadamente nunca desaparece del todo.
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jueves, 1 de julio de 2010

EL FIN DE LA AVENTURA

RIP Frazzetta Williamson

Recientemente se producía la muerte de dos gigantes del dibujo realista, dos titanes del tebeo que marcaron toda una época en el género de aventuras. Intentaron reproducir el tipo de material que les había fascinado de críos, las grandes películas de los años treinta, incluyendo los seriales, y dos referencias en el campo del cómic, que ayudan a explicar sus respectivos estilos: por un lado el Foster de Tarzan y Prince Valiant y, por el otro, el Raymond de Flash Gordon.


Tanto Frank Frazetta como Al Williamson fueron talentos precoces, trabajaron como profesionales casi desde su adolescencia. Williamson se puso a colaborar en las tiras del Tarzan de Hogarth mientras algunos futuros compañeros todavía asistían a sus clases en la ahora conocida como School of Visual Arts, en NY.

Pronto formaron un grupito, el Fleagle Gang, donde compartían trabajo, aficiones y diversión. Sus integrantes se cuentan entre lo más distinguido del dibujo clásico de aventuras: Frazetta y Williamson, por supuesto, pero también Roy Krenkel, Angelo Torres, Nick Meglin y George Woodbridge. El independiente Wood era considerado un miembro honorífico.


A lo largo de los 50 se forjaron una reputación, con historietas donde se esforzaban por conseguir un realismo de base fotográfica, sazonado con un movimiento barroco y extremo en el caso de Frazetta y un clasicismo muy elegante en el de Williamson. Los dos recorrieron el camino de las historias cortas de temas variopintos en esos difíciles años y luego sus carreras se separaron. 


Frazetta languideció haciendo de negro para Al Capp en Lil Abner para más tarde abandonar prácticamente los tebeos y dedicarse a la ilustración. Con todo, sus portadas para las revistas de Warren o para las novelas de Conan han supuesto una gran influencia en posteriores artistas de comics. Consiguió cierto reconocimiento artístico que le llegó desde Hollywood, con actores como Eastwood encargándole trabajo y coleccionando su obra. Se montó su propio museo en casa y en sus últimos años se dedicó a arruinar trabajos anteriores, retocándolos hasta la exasperación kistch. Para conocerlo mejor, les recomiendo que revisen el documental que acompaña la película que perpetró Bashki, inspirándose en sus mundos. Tigra (Fire and Ice) no vale nada, pero el corto biográfico de Frazetta está muy bien.

Williamson permaneció fiel a los comics, aunque en su carrera también saltó de un lado a otro. Realizó innumerables tiras de prensa, entre las que destaca Agente Secreto X-9, con guiones de Goodwin. Podemos citar su contribución a Star Wars. No soló adaptó algunas de las primeras películas, también se hizo cargo de la tira de prensa por un tiempo. Pero sin duda su héroe favorito fue Flash Gordon. Aunque en su momento no pensaron en él y cayó en manos de Dan Barry, pudo resarcirse en innumerables ocasiones de este desaire profesional. Recientemente se editaba un libro que agrupa su contribución al personaje, con momentos tan destacados como la miniserie que realizó con guiones de Schultz, otro de sus seguidores y amigo.


Al contrario que Frazetta, Williamson podía resultar un poco estático. Pero siempre era elegante y su entintado tenía la grandeza de los clásicos. Quizás por eso en los últimos años trabajó sobre todo sobre los lápices de otros. En realidad no necesitaba el dinero. Pronto comprendió el valor de las obras que le rodeaban y empezó a coleccionarlas. Siendo casi un crío en la editorial le dieron una hoja para envolver un bocadillo, tuvo la curiosidad de guardar aquel papel antes de que acabara en la basura, como era habitual. Muchos años después, todavía colgaba en las paredes de su casa. Era la famosa plancha del Príncipe Valiente en la que el héroe hace frente a un ejército de enemigos sobre un puente de piedra, un auténtico icono de la historia del comic.

Al principio a Williamson no le gustaba su propio entintado y procuraba que algunos de sus colegas, como Frazetta o Wood se hiciesen cargo de él. Cuando Wood, mucho más limitado en el campo del dibujo, reconocía sus carencias, decía que nunca sería “un dibujante de verdad, como Al Williamson”.
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