viernes, 22 de julio de 2016

EL ASESINO DE GREEN RIVER de JENSEN & CASE

El asesino de Green River, de Jeff Jensen y Jonathan Case, edita Norma
Norma, 2015.
234 páginas, 22 euros.


PADRES VS ASESINOS


La lectura del entretenido New Deal me puso sobre aviso del trabajo de Jonathan Case. Queriendo descubrir anteriores obras suyas, me topé con este volumen del año pasado que había dejado escapar. Gran error.


Stephen King nos avisa desde la portada de que la escena inicial de esta novela gráfica es la más terrorífica que ha leído en años. Estoy de acuerdo con él. Sin embargo, es necesario añadir que el tono del resto de la historia no se corresponde en absoluto con ese abrumador arranque. Lo cual demuestra la inteligencia de sus autores.

Es el relato real de la cacería de un depredador que asesinó a innumerables víctimas. Aunque él tarda en aparecer como protagonista, lo que queda en la memoria de todo lector es esa feroz descripción de su maldad que marca la introducción, ese “quería saber qué se siente al matar a alguien”. La escena resulta todavía más eficaz porque quien padece su brutalidad es un niño, que se queda solo en el bosque pidiendo una ayuda que le es negada. Todo servido con el primoroso dibujo de Cape, que se confirma como un talento a seguir y nos deslumbra a lo largo de toda la obra con sus contrastes de blanco y negro, las expresiones de sus personajes, su sencilla y clara narrativa y la facilidad con que resuelve pruebas especialmente arduas como que reconozcamos a personajes que van envejeciendo a través de diferentes épocas, algo para nada sencillo.

Si en el terreno gráfico el álbum es impecable, no afloja en lo argumental. La primera sorpresa es que el guionista, Jeff Jensen, es hijo del auténtico policía que resolvió el caso. Así que no sólo está hablando de sucesos terribles que ocurrieron en el pasado sino de su familia y lo que pasaba en su casa cada vez que su padre daba con una prueba o perdía un rastro. Hablamos de una investigación terriblemente compleja y que se extendió durante décadas. Un caso en el que a las muertes oficiales deben sumarse decenas de desaparecidas que era difícil atribuir al mismo asesino. Esa voluntad de cerrar expedientes abiertos llevó a los inspectores a la necesidad de llegar a acuerdos con el asesino, lo que les permitió localizar algunos de los cuerpos que no habían sido capaces de encontrar previamente.

El asesino de Green River, de Jeff Jensen y Jonathan Case, edita Norma
Esos diálogos finales con el criminal no fueron plato de buen gusto para aquellos que durante años le habían dado caza, siguiendo las huellas de sus “hazañas”. En ese sentido conviene recordar que el relato abandona casi desde el principio al malo y se centra en sus perseguidores. A través de ellos vemos los cadáveres de las víctimas y la desesperación de aquellas familias que habían perdido a uno de sus componentes y vivían sin saber si estaba muerto o no.

También se refleja con una profunda sensibilidad cómo esa cercanía con el mal afectaba a quienes lo combatían. En True Detective, una ficción televisiva con no pocos puntos en común con este trabajo, los policías eran unos desechos morales contaminados por la corrupción que intentaban evitar. Por el contrario, la normalidad preside las vidas de los polis que persiguen al asesino de Green River.
Tienen hijos, intentan mantenerse en su puesto y si es posible ascender y, sobre todo, capturar al malo. Asistimos a un cierto cambio generacional, marcado por la aparición de los ordenadores primero y la mejora en los análisis de ADN después. Pero al final lo que cuenta es el factor humano, ese detective obsesionado con Sherlock Holmes y que tiene una foto de su hijo interpretando “El hombre de la Mancha” en su escritorio. Ese hijo que luego será el que escriba este sentido elogio de la labor de su padre. Ese sueño imposible al que se alude en el musical sobre Don Quijote le sirve de guía y da pie a una de las escenas más emotivas de una obra llena de momentos significativos, perfectamente escrita y mejor dibujada.

No deben perderse el que sin duda es un trabajo magistral.
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viernes, 15 de julio de 2016

CLUB DE LA LUCHA 2 de PALAHNIUK y STEWART

El club de la lucha 2 de Palahniuk y Stewart, edita Reservoir Books
Reservoir Books, 2016.
278 páginas, 21,90 euros

NO SE HABLA DEL CLUB


Si les gustó la película de Fincher, El club de la lucha, supongo que se acercarán a esta novela gráfica. El autor de la novela que dio lugar al film ha querido que su secuela saliera directamente en este formato.


Quienes disfrutaron con el tono psicodélico y apresurado de la criatura de Fincher, con sus mezclas y sus saltos temporales y sus fotogramas insertados y demás, encontrarán una natural continuidad en esta obra donde ya adelanto que para mí lo mejor es el dibujo de Cameron Stewart.

Saca adelante como un campeón un encargo que no es nada sencillo. Desde el principio señala su territorio y no pierde el tiempo intentando que sus personajes se parezcan a los célebres actores de la adaptación cinematográfica. En cambio dispone a varios héroes fácilmente identificables y a quienes no perdemos de vista pese a la infinidad de secundarios que pueblan la historia y los cambios de escenario y los saltos entre secuencias y todas las argucias narrativas que se les ocurran.
El dibujante permanece firme y claro y si hay un responsable de que consigamos acabarnos esta laberíntica obra es sin duda él. Sus caracterizaciones aportan sangre y hueso a las ocurrencias más estrambóticas del guión, como esos niños-viejos, uno de los hallazgos argumentales más divertidos. Otra invención a la que más o menos consigue sobrevivir es la aparición de un segundo plano, sobre las viñetas, por donde se deslizan píldoras, espermatozoides, pétalos de rosas y otras emergencias metatextuales. ¡Qué moderno!

Por supuesto el autor, ese Chuck Palahniuk que algunos de mis alumnos insisten que lea, se introduce en el texto como un personaje más. ¿Eres Dios?, le pregunta otro comparsa. Desde esa posición bromea con las realidades que viven los protagonistas de un relato disparatado y que intenta ofrecer su desquiciada versión de esa realidad que nos desborda.

El club de la lucha 2 de Palahniuk y Stewart, edita Reservoir Books
Supongo que a los jovenzuelos de la generación Nocilla este trabajo plagado de niveles de lectura les enloquecerá, pero a mí me cansa tanto sampleado (¿Se sigue diciendo sampleado?). ¡Señores, que yo me leí lo de las Tostadoras Eléctricas del Sienkiewicz! Y unas cuantas chifladuras más de los ochenta. Esto no es nada en comparación.

Fincher aportaba un tono épico al relato original y el hastío existencial del protagonista era comprensible. Entendíamos su repulsión ante una vida que parecía sacada de un catálogo de Ikea, sólo un psicópata se sentiría a gusto en esos espacios virtuales.
Y de alguna manera narraba con vigor el ascenso de aquella extraña secta que conspiraba para derrumbar el orden establecido. El puntito viril y sadomaso de los intercambios de mamporros entre hombretones semidesnudos también tenía un indudable atractivo y no dudo que haya servido de inspiración para los dirigentes del estado islámico. Pero ahora todo eso ya nos suena a antiguo, esos tratos entre poderes ocultos que dirigen el mundo como los inexistentes sabios de Sión, ese sarcasmo infinito, esa cita dentro de la cita… Al final todo se mantiene a tanta distancia de lo real que deja de afectarnos. Todo es una broma y por tanto ni nos importa ni nos conmueve.
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viernes, 8 de julio de 2016

TODOS LOS HIJOS DE PUTA DEL MUNDO de GONZÁLEZ VÁZQUEZ

Todos los hijos de puta del mundo de Alberto González Vázques, edita Astiberri - comic  política humor sátira
Astiberri, 2016.
136 páginas, 18 euros.

ELOGIO DEL EXABRUPTO

Otro recopilatorio más de sátira política. Uno de los más salvajes que he leído últimamente, solo que en este caso a la voluntad de provocar se une una auténtica chispa cómica, un sentido del humor gamberro e irresistible.


Se imponen dos avisos a los posibles lectores de este volumen. El primero es, de tan habitual, casi innecesario. Se refiere a la filiación política de su creador, un colaborador de El Intermedio, entre otros programas televisivos. Como muchos otros cómicos aparenta una supuesta independencia, un yo-me-río-de-todo que al final se traduce en sobre-todo-me-río-de-algunos.

Esto es lo normal, cada cual es libre de profesar las ideas políticas que le parezca, siempre y cuando luego no se dedique a apalear azafatas en su tiempo libre. Al final todo es una cuestión de talento. El Roto lo tiene y aunque yo no esté de acuerdo con su interpretación de la realidad, reconozco la eficacia y precisión de sus sátiras. Lo mismo Ricardo Martínez o Eneko. Lo señalo porque aparentemente Alberto González reparte cera para todos aunque luego no es así del todo. Lo que nos lleva al segundo aviso.

Esas inclinaciones políticas afectan a una de sus características como narrador: una agresividad nada velada. Se manifiesta desde la primera historia, donde enumera a todos los hijosde que se cruzan con él: el capullo de tu jefe, el cabrón que te debe dinero, la exnovia que te jodió la vida… Ese tono de revancha, de violencia apenas sofocada, recorre todo el volumen. Me cuesta creer que cualquiera que se dedique no a apaciguar sino a enervar pueda luego ir dando lecciones de crítica social, no se apagan los incendios con gasolina. Pero la comicidad siempre implica humillación y escarnio.

Cuando defendemos la libertad de expresión defendemos las burradas que soltaban Ja, Oscar y compañía en El Papus primero y El Jueves después.
Todos los hijos de puta del mundo de Alberto González Vázques, edita Astiberri - comic  política humor sátira
Defendemos lo zafio y lo incorrecto. Defendemos un camino sin vuelta atrás en el que no cabe escandalizarse cuando algo no nos conviene. Aprecio el punto salvaje que el autor aplica contra los que no son de su cuerda. Y me río con sus chistes. Preferiría aproximaciones menos moñas cuando se trata de hablar del tipo que no dejó hablar a Rosa Díez en la Complu. Pero no se puede pedir todo.

Dicho lo cual, sólo me queda enumerar los abundantes hallazgos cómicos del volumen, empezando por esa conversación del Un-Dos-Tres, que refleja con tremenda eficacia humorística la superficialidad de los encuentros entre líderes de distintos partidos, yo también me los imagino así.

La comparación entre los toreros y Los Vengadores es otra joya, breve e intensa. Uno de los episodios más surrealistas es el de Aznar en la cama. Bruto como él solo pero al tiempo desternillante. La verdad es que tanto en el gag de una sola viñeta como en las historias de desarrollo más largo nos topamos con ocurrencias que inevitablemente provocan la sonrisa y la carcajada. Me divierten las pullas que dedica a Ferrán Adriá. Y el chiste con la profesora aconsejando a los alumnos que, si desean alcanzar el éxito, sean ellos mismos. A continuación añade: Bueno, tú no… Y tú mejor tampoco…

El capítulo que dedica a Iglesias, al que supone enamorado de una seguidora, una tal Jennifer, resulta blandito en un conjunto notablemente más bestia. Pero su narrativa es buena y el ritmo no decae hasta el divertido final. El de Sánchez intentando alcanzar el voto de los pedófilos es justo lo contrario, burro hasta decir basta, pero también tiene gracia. El de la negociación entre Sánchez e Iglesias es otra salvajada de cuidado, con el líder sociata preguntando: ¿Sabes con quién vas a negociar hoy? Cuando lo ha repetido la tercera vez casi podemos adivinar la respuesta: “Hoy vas a negociar con mi polla”. Si eso les parece ordinario entonces no deberían leer el de la conversación entre Rafael Hernando y Mariano, con este último pidiéndole las drogas adecuadas para echare un buen polvo a su mujer. Después de negar haberse acercado a ninguna sustancia tóxica en su vida, Hernando se revela como un auténtico experto en la materia, que además carga con Speed, Popper, DMT y otras. Naturalmente, “se lo estaba guardando a un amigo”.

En fin, los amantes de la sutileza y el humor blanco no deberían de acercarse a este recopilatorio. Pero si le apetece asomarse a esos otros mundos que no salen en las noticias, a los políticos tal y como deben de ser en su vida privada, en la versión más gruesa y desprejuiciada posible, no lo duden y cómprense este libro. Seguro que se pasan un buen rato.
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viernes, 1 de julio de 2016

LA AMANTE CARTESIANA de RUIZ y ALARCÓN

La amante cartesiana de Ruiz y Alarcón, edita Egales lesbianas amor
Egales editorial, 2016.
140 páginas, 15,95 euros

AMOR Y MATEMÁTICAS


Tras la sorpresa de Sunstone, nos llega ahora un cómic español que también tiene como protagonistas a un grupo de lesbianas. En esta ocasión más aficionadas a las matemáticas que al sadomaso.


Ahora que se habla tanto de visibilidad lo cierto es que era un colectivo casi inexistente en el mundo de las viñetas. Recuerdo que hace mil años la revista alternativa Star publicó una historieta de Trina Robbins, donde se afirmaba que “el feminismo es el medio, el fin es el lesbianismo” o algo así.

No era habitual leer historias sobre niñas con aspecto de muchacho que acababan descubriendo que había mujeres que se acostaban con otras mujeres. De manera mucho más estilizada, Camelot 3000 supuso la irrupción del colectivo en un tebeo mainstream. Imborrable la página en la que las dos protagonistas se amaban entre cientos de rosas primorosamente dibujadas por Brian Bolland. Luego han ido apareciendo algunas más y es indudable que su presencia se hará progresivamente más habitual.

Si ya mencioné en su momento la agradable sorpresa que supuso Sunstone, en el caso de La amante cartesiana lo más sobresaliente es el argumento de Paloma Ruiz. No es que el dibujo de Juan Alarcón sea malo, que no lo es, pero sí funcional y poco expresivo. Como tantos ilustradores de su generación se ha acostumbrado a la fotografía, recurso que le permite resolver fondos y personajes con facilidad y eficacia. Pero si las referencias no se emplean bien es normal que resten movilidad a las figuras y atasquen las actuaciones de los “actores”. Así que en general el dibujante cumple, pero en escenas donde esperaríamos un extra de movimiento o de emotividad, no llega, no transmite bien. Como en las secuencias de baile o en algunas discusiones.

La amante cartesiana de Ruiz y Alarcón, edita Egales comic amor lesbianas
No es un problema mayor y el argumento se sobrepone a las limitaciones gráficas. No deja de ser una comedia romántica. Se nos cuentan las andanzas amorosas de una profe de mates lesbiana y sus amigas, que no son todas amantes de Safo como ella, cada una tiene sus estos y aquellos. El ambiente recuerda al de muchas películas de Allen. Mientras la prota sufre algunos desengaños amorosos reflexiona sobre la realidad del amor romántico y las escasas probabilidades de que una pareja resista la prueba del tiempo. Entre bromas y veras el álbum discute si en la actualidad tienen sentido conceptos como fidelidad o amor eterno o si existe algo como una media naranja. Se evita el drama y aunque no falta el desamor, la soledad y el engaño, el tono es en general amable y hasta divertido. De hecho, introducen algún gag recurrente, como el de la rusa, realmente cómico. Para darle un barniz más intelectual abundan las disquisiciones matemáticas, pero esto no debe asustar a nadie. Están bien engarzadas en el guión y bien explicadas. Gracias a esta historia he estado más cerca que nunca de entender lo de las esferas musicales de Kepler. Esta vez tampoco lo he conseguido, pero el esfuerzo de la guionista por resultar comprensible es muy valorable. Denle una oportunidad.
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viernes, 24 de junio de 2016

THE NEW DEAL de CASE

The New Deal de Jonathan Case Roca Editorial comic hotel
Roca Editorial de libros, 2016.
108 páginas, 19,90 euros.

PUTTIN' ON THE RITZ!


La acción de este ligero divertimento transcurre en el Waldorf Astoria. Pero es indudable que la música de Berlin constituye el mejor acompañamiento posible para la obra.


Jonathan Case, el joven autor a cargo de guión y dibujo, no había captado mi atención aunque ya había sido traducido con anterioridad. En la contraportada se le compara con Caniff o Toth y es cierto que las referencias a modelos clásicos abundan en su grafismo. Pero a mí me recuerda más a otro talento emergente, Cliff Chiang. Comparte con él el gusto por unas figuras muy expresivas, de plasticidad cercana a las de Steve Rude o Jaime Hernández pero al tiempo señalando su propio territorio, con un blanco y negro muy decidido y una puesta en escena tan brillante como clara. Case es sin duda un tipo a tener en cuenta y creo que recuperaré alguno de sus trabajos anteriores.

Lo que nos brinda aquí es una recreación de unos años treinta trepidantes, con referencias al New Deal y al programa de ayudas artísticas de Roosevelt, con la presencia de Welles incluida. Pero eso no son más que pinceladas de fondo para una historia construida sobre dos improbables héroes. Ella una camarera y él un botones; ella negra, dicharachera, atractiva y con actitudes teatrales; él, simpático pero atolondrado, con deudas de juego, enamoradizo y simplón. El gran hotel en el que trabajan es la excusa perfecta para introducir un abultado grupo de personajes sofisticados: el explorador que transporta una caja fuerte consigo, una aventurera con la lengua muy larga y de excéntrica conducta, el dueño del hotel, una anciana a la que le roban una joya… Interactúan entre ellos y sus problemas alcanzan a los dos protagonistas, que se ven envueltos en conflictos que no llegan a comprender del todo, pero a lo largo de su personal aventura tendrán ocasión de espabilarse y mejorar. O intentarlo.

The New Deal de Jonathan Case Roca Editorial comic hotel
Aunque el argumento suena a ya visto en películas y relatos anteriores, resulta sin embargo fresco y trepidante. Case sabe cómo dosificar sus ingredientes y jugar con las expectativas del lector, mientras se dirige hacia el inesperado final. Es una comedia de puertas blancas pero se introducen ciertas referencias al racismo, la desigualdad entre clases y otros problemas sociales. Sin perder nunca el objetivo de ofrecer al lector un buen entretenimiento, inteligente, bien contado y con una deliciosa falta de pretensiones. El autor tiende a estirar en exceso los brazos de sus figuras, pero es uno de los pocos errores que podría señalar. Maneja muy bien sus manchas negras y emplea con elegancia la segunda tinta azul.

Además, su estructura de página es variada y sorprendente. En un momento en que todo el mundo parece repetir las mismas soluciones una y otra vez, se agradece la presencia de autores como éste, dispuestos a respetar la inteligencia de los lectores, y con una puesta en escena novedosa y atractiva. Y sencilla, algo para nada desdeñable en tiempos de tanta estridencia digital. Un trabajo lleno de interés y despojado de detalles innecesarios, tanto en el terreno gráfico como en el argumental.
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viernes, 17 de junio de 2016

LITTLE TULIP, KOLYMÁ de BOUCQ Y CHARYN

Little Tulip de Boucq y Charyn, edita Norma
Norma Editorial, 2016.
88 páginas, 22 euros.

REGRESO A KOLYMÁ


A finales del siglo pasado, Jerome Charyn y François Boucq revolucionaron el mundo del comic con dos memorables álbumes, La mujer del mago (1986) y Boca de Diablo (1990). Veinticinco años después, vuelven a unir sus fuerzas.


Como entonces, fusionan en su obra elementos oníricos y una cruda realidad que no evita la cita a pasajes históricos que parecen obsesionarles. Como en Boca de Diablo, la acción nos lleva de la extinta Unión Soviética a Nueva York, de un presente plagado de enigmas a una infancia marcada por la violencia y la crueldad. Los autores han madurado y todo parece mejor, más sólido y rotundo que en sus anteriores entregas. También es cierto que han perdido en parte su capacidad de sorprendernos. Lo que en sus primeros álbumes impactaba por delirante o crudo, a día de hoy ha sido tan repetido y superado que difícilmente podría volver a causar el mismo efecto. Pero desde un clasicismo anómalo, tanto el dibujo de Boucq como el guión de Charyn consiguen fascinar al lector y transportarlo a unas tierras salvajes y aterradoras, el territorio de Kolymá.

Ya Ryszard Kapuscinski nos había hablado de ese gulag en su monumental Imperio. De su narración se deducía que era comparable a los campos de Treblinka o Auschwitz. Un infierno en la tierra adonde se enviaba a los enemigos del régimen para hacerlos desaparecer. En un momento en que algunos todavía aplauden la encarcelación de presos políticos y sueñan con trasladarnos a futuros paraísos comunistas, conviene recordar en qué consistieron estos en el pasado. Apenas nos suena Kolymá y es tan sólo un lugar más de una larga lista, el infernal archipiélago que con ironía y precisión describió Solzhenitsyn.

Little Tulip de Boucq y Charyn, edita Norma
Allí viajamos de la mano del siempre convulso Boucq, que nos sumerge en un mundo de venganzas, peleas y tatuajes. Del amor apenas quedan pequeños rescoldos, algo que todo superviviente de los campos confirma. Las emociones eran mucho más primarias y siempre conectadas al instinto básico de supervivencia. Con todo el protagonista entra en el campo de la mano de su padre y de su madre y hace lo que puede para reencontrarse con ellos. De alguna forma lo consigue, pero con dramáticas consecuencias.

El dibujo no desfallece en ningún momento y Boucq demuestra habilidad en escenarios, personajes y secuencias de acción. Tiene innumerables páginas que podrían emplearse como ejemplos de narrativa, donde resuelve pasajes realmente complejos. Como las dos planchas en las que el desesperado joven intenta asesinar al líder de la banda rival, un verdadero prodigio de expresividad y puesta en escena. O todas las páginas con la persecución nocturna por los tejados de Nueva York. El color acompaña y ambienta el relato a la perfección.

Si toda la parte penal es arrebatadora y veraz, no puede decirse lo mismo de la acción en “el presente” (en realidad en 1970). El héroe es un tatuador muy misterioso de indudable carisma. Pero la forma en que la mínima trama policíaca lo enlaza con su pasado es forzada y poco convincente. Y el final con la masacre y el fantasma dirigiendo a la joven protagonista, precipitado y decepcionante. El guión es muy interesante, su único problema es que la intensidad de los pasajes siberianos no se alcanza en la parte que transcurre en Nueva York, todo parece más rutinario y deslucido. Pero la media es altísima y el álbum perfectamente recomendable.

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viernes, 10 de junio de 2016

BATTLEFIELDS de ENNIS, COMICS BÉLICOS

Donde acechan los monstruos Ennis Tal es la calidad y profundidad de las historias de Garth Ennis que siento que nunca será suficiente lo que diga de él. Además, siempre consigue que le acompañen dibujantes extraordinarios.


ZONA DE GUERRA


Su última entrega, ese Donde acechan los monstruos, se inclinaba hacia su lado más gamberro y humorístico, con una revisión del héroe colonial clásico, allí derrotado por una amazona sin prejuicios y mucho más inteligente que el palurdo y arrogante protagonista. Aunque esa clave irónica aflora en todos sus trabajos sabe cómo graduarla cuando aborda temas más serios, como en la segunda parte de Battlefields.

Battlefields. Querido Billy de Ennis y Snejbjerg edita Aleta. Cómic bélico
Battlefields. Querido Billy de Ennis y Snejbjerg edita Aleta80 páginas, 9,95 euros.Edita Aleta

Como en su primer y brillante episodio, se centra en una mujer a quien la guerra alcanza con extrema crueldad, primero como víctima de una violación y más tarde como superviviente de un fusilamiento. Esa enfermera apenas consigue restañar unas heridas más profundas de lo que parecen, como descubriremos sobrecogidos.
El escenario es el Pacífico durante la IIGM, lo que facilita una disección del racismo entre anglo-americanos y japoneses. El guión es tan brillante como el dibujo, a cargo del limpísimo Snejbjerg, que aporta un extra de elegancia y contención a una historia tremenda que habla de las ofensas bélicas y su casi imposible reparación. Por el camino el guión nos ofrece varios pasajes espeluznantes cuya veracidad Ennis se encarga de confirmar en el epílogo. Esos sucesos atroces ocurrieron. Y pueden volver en cualquier momento. Están pasando ya.

Marvel, Furia - Mis guerras perdidas de Ennis y Parlov
Marvel, Furia - Mis guerras perdidas de Ennis y Parlov.
144 páginas 12 € Edita Panini Comics


Abundando en el tema bélico era lógico que Ennis se hiciera cargo del soldado por excelencia de la Marvel, Furia. Tras la decepcionante “Pacificador” firmó los excelentes “Mis guerras perdidas”, dos volúmenes donde repasaba todas las guerras secretas de USA acompañado por el poderoso Goran Parlov  .
En ocasiones podía dar la sensación de que el enfoque era demasiado ligero, una farsa que no hacía justicia a los dramas citados, de Vietnam a Nicaragua pasando por Cuba.
Pero una segunda lectura prueba el innegable talento del guionista. Atención a los personajes, entre los que destaca Shirley, una muñeca explosiva que se va volviendo una frustrada, amargada e incómoda testigo según pasan los años. Como Furia, cabalga sobre la corrupción de otros, que cree poder usar en su propio beneficio aunque finalmente la violencia acaba alcanzándola. Una hembra poderosa y llena de carácter, otra prueba más del gusto de Ennis por las protagonistas femeninas fuertes.
Sobresale también el general Letrong Giap, un enemigo vietnamita de Furia, con el que sostiene varias escaramuzas muy sangrientas y que protagoniza una estremecedora escena de reconciliación (o algo así) al final. El guión esquiva con habilidad todo reduccionismo y las fronteras entre buenos y malos se diluyen, ya que la crítica se reparte en todas direcciones. Los guerrilleros cubanos torturan sin piedad a sus enemigos pero la contra no es mucho mejor, no abundan los angelitos. De hecho uno de los pocos personajes idealistas, con ecos de “El americano tranquilo”, acaba prácticamente quemado por las dosis de realidad que recibe acompañando a Furia. Pero se le trata con respeto, el guión no se burla de su ingenuidad, tan sólo opone sus aspiraciones a conflictos de muy difícil solución, con devastadores resultados.

Los esclavistas Punisher de Ennis y Leandro Fernández
Punisher, Cocina irlandesa - Los esclavistas de Ennis y Dillon, Fernández
144 páginas, 12 € Edita Panini Comics

Otra serie donde tuvo ocasión de reflexionar sobre la violencia y sus implicaciones fue Punisher. Tras su éxito arrollador con Preacher Ennis y Dillon desembarcaron en Punisher para crear un conjunto de episodios salvajes y de una violencia humorística irresistible. Cuando guionista y dibujante se separaron parecía que la saga perdería fuelle, en manos de ilustradores quizás más realistas pero sin el brío narrativo de Dillon. No fue así y conviene repasar las entregas una a una porque en todos los volúmenes encontramos elementos de interés. Además, aunque el héroe lucha habitualmente contra el crimen organizado en Nueva York, los guiones pronto comienzan a llenarse de referencias a otros conflictos. En “Cocina irlandesa” emplea como excusa una guerra de bandas para hablar del IRA, sus luchas intestinas, sus peleas con el ejército inglés, excelentemente representado por un camarada de Punisher que aparecerá en varios episodios, Yorkie. El humor es grueso y la violencia extrema, pero entre bromas y veras se dicen muchas verdades sobre el dolor innecesario causado por toda violencia terrorista, por mucho que se desee justificarla con motivos políticos. Al final siempre hay niños muertos. Leandro Fernández se encargaba de dibujar esta aventura y algunos de los capítulos más interesantes durante el paso de Ennis por la serie. Tras una brutal peripecia en Rusia, donde Punisher escapaba de una base de misiles nucleares, volvía a la cocina del infierno, otra vez con dibujo de Fernández. “Arriba es abajo y negro es blanco” era una abrumadora historia de amor y brutalidad, en la que Castle (el héroe) conocía a una marine casi tan bestia como él, mientras se enfrentaban a los Soprano versión 2.0. Fernandez y Ennis seguían juntos en uno de mis episodios favoritos, “Los esclavistas”, el mejor relato sobre trata de blancas que yo haya leído. No apto para estómagos sensibles.

Con Parlov volvían las bromas en “Barracuda” pero inmediatamente después recuperaba la épica en el gran drama bélico “Hombre de piedra”. Otra vez acompañado por Leandro Fernández, el guión llevaba al héroe a Afganistán. Había chistes sobre los follacabras y también un recuerdo para la ocupación soviética y las aventuras coloniales inglesas. El final estaba a la altura de una historia impresionante que sin embargo se permitía jocosos momentos de humor, en adecuado contraste respecto a los abundantes pasajes trágicos.

Punisher El Tigre de Ennis y Severin, edita Panini Comics
En fin, Parlov aportó su calidad habitual a las siguientes entregas, aunque para mi gusto en “Valley Forge, Valley Forge”, el enfrentamiento definitivo entre Punisher y el ejército, se hablaba mucho y los textos acababan con el ritmo de la narración. No quiero terminar sin mencionar el episodio “El Tigre”, un intenso relato de iniciación dibujado por el veterano John Severin. Se aprecia que su dibujo ya no tiene la fuerza de antaño pero da igual. Ennis firma una pequeña joya sobre el origen de ese héroe incierto que es Punisher, de nuevo un ensayo sobre la violencia, sus consecuencias y las preguntas sobre qué podemos o debemos oponerle. Al final el discurso del guionista es siempre moral. Hay acciones que representan el mal absoluto, como esa viñeta en que vemos la huella de una bota militar sobre un feto aplastado cuyo cordón umbilical permanece unido al vientre de la madre a la que acaban de rajar. Pero a la bestia capaz de semejante atrocidad no se la detiene con palabras o buenas intenciones. Se necesita una fuerza igual pero opuesta. Ahí es donde se sitúa Punisher y todos los soldados dispuestos a hacer lo que sea necesario. Ennis no hace trampas y muestra siempre las consecuencias de esos actos, el precio moral a pagar. Parecen tebeos fáciles, populares, puro entretenimiento. Y lo son. Pero también mucho más. No se los pierdan.
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viernes, 3 de junio de 2016

INTRUSOS de TOMINE, REALISMO

Intrusos de Adrian Tomine
Roca Editorial. Barcelona, 2016.
122 páginas, 21,90 euros.

SIN SER VISTOS

Cuando empezó Adrian Tomine era algo así como el mejor representante del realismo “frío”: piezas breves sobre personajes sin importancia que vivían tragedias menores. Con el tiempo ha refinado mucho su arte.


También ha diversificado sus intereses, ampliando su paleta gráfica y los matices de sus narraciones, que no evitan el humor y hasta la ternura. Superada aquella primera etapa de sarcasmo, cinismo y esa ironía cruel que caracteriza a tantos autores que se esfuerzan por parecer modernos, Tomine ha alcanzado una auténtica madurez creativa.

En este recopilatorio hay pasajes algo indigestos, pero también encontramos indiscutibles obras maestras. Como la que lo abre, esa tronchante historia del arte de la “hortiescultura”. Adopta una encantadora clave gráfica que remite a los mejores tiempos de los comics en prensa, con sus tiras diarias y sus Sundays. No por casualidad el dibujo recuerda al gran Roy Crane. Y el capítulo está a la altura, con ese palurdo protagonista que cree que ha dado con su verdadera vocación como artista. Todo el episodio es un divertido elogio de la incomprensión. Nadie acepta la obra de ese creador que se enfrenta al recelo de sus familiares y vecinos mientras defiende su visión. Especialmente geniales los diálogos con los suegros afroamericanos y el momento nocturno de lucidez final.

El segundo relato también es conmovedor, las andanzas de una estudiante a la que confunden con una estrella porno y cómo eso cambia su vida. Cuando en la escena final se encuentra con su “doble” todo resulta natural y auténtico.

“Vamos, Búhos” es en mi opinión la mejor pieza del volumen. Como en la cercana Paciencia de Dan Clowes se aborda el asunto de la violencia doméstica pero ese no es el tema central del relato, tan sólo un matiz más a añadir a una profunda descripción de dos perdedores que se unen, se ayudan, se ríen juntos y sí, a veces también se pegan. Los personajes son patéticos y emotivos a partes iguales. Un trabajo riguroso y emocionante, lleno de matices, una obra mayor sobre la soledad, el amor y sus accidentes.

Intrusos de Adrian Tomine
Por último destacaría “Triunfo y tragedia”, la historia de una adolescente medio autista que aspira a triunfar como monologuista. Sin subrayar nada Tomine muestra a su madre con el pelo corto en las primeras secuencias, después con un pañuelo en la cabeza y luego simplemente desaparece. La madre hace (como todas las madres) de mediadora entre el padre y la hija que quiere ser artista. Lógicamente ella no está en absoluto dotada para el escenario y el drama consiste en cómo contárselo sin que se sienta ofendida. Obviamente, él tiene que cargar con tragedias bastante más graves que la posibilidad de molestar a su patética hija, así que lo lleva como puede. Tomine adopta una clave de dibujo minimalista y absolutamente despojada, centrándose de forma obsesiva en sus héroes. Con esa desnuda puesta en escena consigue secuencias tan tremendas como la del padre golpeándose la cabeza contra la pared.

En fin, un gran trabajo construido sobre bases sencillas, cotidianas y próximas, una mirada al lado más íntimo de unos personajes tan reales que asustan.
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